Monday, November 21, 2005

RECUERDOS CON MI ABUELA PATERNA Doña María Ortiz Lecaros, norteña de cepa. No tuve oportunidad de conocer a mis abuelos juntos, ni por parte de madre ni por parte de padre. Me habría gustado verlos acompañándose de la mano o ayudándose uno a otro o simplemente dándose un cariñoso beso lleno de ternura. A la única que conocí hasta mis 9 años fue a mi abuela María, madre de mi padre y ya era viuda de mi abuelo Juan Borlone Mussi -nacido en un pueblo de la Lombordía, en Italia, cerca de la frontera con Francia- con quien caminé de la mano por la calle Recoleta a lo que era el Instituto de Humanidades, donde realicé mis primeros pasos de colegial. En Santiago compartimos muchas veces juntos con mi abuela María, desde caminar a la la Vega Chica, al Mercado, subirnos al carro 36 e ir al centro a una tienda donde ella compraba elementos para tejer. Recuerdo que trabajaba el macramé maravillosamente bien. Allí compraba hilos, lanas, palillos y unos aros de madera en que colocaba un extraño género muy estirado y sobre esa tela podía bordar cosas maravillosas, como rosas que nacían de un jardín, verdes hojas, jarrones y dragones chinos que se empinaban y entrelazaban en un inmenso árbol. Mi abuela era una mujer dulce, de un increíble buen genio, de pelo blanco tomado detrás de la cabeza, tez clara y ojos profundos. Existen pocas fotos de ella y cada vez que llego a ver una en casa de mis hermanos, los recuerdos de ese tiempo, llegan solos. Solía cocinar comidas norteñas de lugares como Tacna y de Arica, ciudades donde residió siempre y con sólidas influencias peruanas, pues creció, en Tacna, cuando esa localidad era chilena y sus comidas que eran de una fragancia que aún recuerdo invadían los recintos de la casa en la tercera cuadra de Recoleta, en Santiago de Chile. Aunque nunca lo supe, creo que mi madre, Leonor Rojas Rozas, aprendió muchas de esas recetas de mi abuela, pues después, cuando más grande, los aromas me daban la impresión que eran los mismo. Hoy ocurre con mi hermana María Cristina, cuando cocina para las visitas –mis hermanos y yo- sentimos ese típico aroma que lo da el locoto, el curry, el y tanto otro condimento de uso norteño. Creo que mi abuela fue feliz con los ocho hijos que tuvo: Rosa, Juan, Elena, Armando, Luis, Julia, Amalia, y Carlos, siendo uno de ellos mi padre. Hoy, los ocho ya no están, pero deben seguir sintiendo las fragancias que mi abuela les entregaba con ese increíble don de la cocina. (Aunque la foto no corresponde, así recuerdo a mi abuela. Cedida gentilmente por la Red)