Thursday, October 20, 2005


EL NECTARÍVORO


El picaflor, conocido también como colibrí, jubilosamente batía sus alas mientras su largo pico y angosto pico se mantenía dentro de la flor, succionando el néctar que le satisfacía al máximo. El refulgir del metálico plumaje vislumbraba destellos que recordaban la acción de las planchas de acero candentes, cuando se les pasa por agua helada, excepto que de él no salía vapor alguno, sólo el aire que nacía de sus vertiginosas alas daban cierto movimiento a las hojas cercanas. No satisfecho con el nutriente, partía a la flor vecina a sesgar glándulas azucaradas. Pasaba el día completo entre pistilo y corola.
En septiembre, cuando la alfombra florida de mil atractivos colores nacía en los campos chilenos, el pequeño colibrí vibraba de satisfacción. Le atraía la profusión multicolor y las atractivas formas de las flores. Le fascinaban los hibiscos y era capaz de dejar una orquídea púrpura a las abejas –las que podían penetrar por el túnel oscuro hasta el néctar- para dedicarse a un hibisco.
Aquel domingo por la tarde, mientras buscaba uno de sus predilectos, observó una mancha blanca que salía del verdor y la arbolada –si hubiera sido estudioso, sabría que esa era una casa de campo- desde donde sobresalían orgullosos varios hibiscos. Hizo un rápido giro hacia ellos y metió la cabeza en uno. Repentinamente, sin aviso ni ruido alguno, se le nublo el mundo y sus ojos sólo vieron la negrura. Una pequeña mano de niño lo tomó desde dentro de la lona verde y lo metió a una jaula de delgados y finos alambres de color cobre. Allí terminó.
Se acostumbró a picotear –en contra de su naturaleza- alpiste, trozos de lechuga, zanahorias y hasta zapallo cocido. Alimentos que jamás había imaginado. Su postre siempre fue un minúsculo dedal de miel de abeja, que cada vez que la tragaba, cerraba los ojos para darse la sensación que tenía su largo pico metido en un hibisco.