Thursday, October 20, 2005


EL PICHÓN


Salió del edificio más alto de la gran ciudad en busca de su amada.. Se desplazó por distintos lugares de la metrópolis, sin resultados. Ya cansado y sólo por casualidad la divisó en la iglesia, quieta y tranquila. Inmediatamente se dirigió a
Hacia ese punto, rápido como un halcón. Al llegar, extendió sus alas hacia atrás, bajándolas y haciéndolas perder el ángulo de ataque que disminuyó su velocidad. Lo mismo hizo con la cola de abanico, la que movió leve y rápido para mantener el equilibrio. Bajó lentamente y se paró agarrándose con sus patitas rosadas al fierro de la cruz. Ella estaba parada en el otro extremo. Sus delicados ojos de tonalidades rojizas le miraron y él, con las pequeñas plumas de su cuello engrifadas, le lanzó un sonido de arrullo que le llegó a la hembra, haciéndola reaccionar.
Ambos, con pequeños pasitos laterales se acercaron al fierro central de la cruz y quedaron casi topándose. El pichón, de un color pardo brillante con la cabeza más oscura y ella, menuda y blanca con sólo algunas plumas de la cola grises, rozaron sus oscuros picos repetidas veces, teniendo el fierro central de la cruz de por medio y comunicándose plenamente como si ese fuera el idioma del amor.
Jamás se supo que conversaron. Sólo se les vio salir volando desde allí muy juntos hacia el oeste de la ciudad. Hicieron mil piruetas en el aire, demostrando la juventud que sentían y vivían. Sus alas, huesos, plumas remeras y plumas timoneras conseguían con estos vuelos la potencia y ligereza que necesitarían en al futuro. Cada cierto tiempo se detenían en algún techo o cable y picoteaban por costumbre cerca de sus patitas. Volvían a acariciarse con sus picos demostrándose lo que sentía uno por el otro. Luego de un rato, volaron nuevamente haciendo despliegue de todas sus habilidades, siempre hacia el poniente. La ciudad misma ya había quedado atrás, pero a ellos eso no les importó. Estaban juntos. Por eso no se dieron cuenta, ni sintieron la descomunal mole de 152 toneladas que ascendía rugiendo agudamente hacia las alturas.
-¡Santiago Centro, el 179! –llamó por la frecuencia de radio, el piloto.
-179 prosiga –respondió la voz del centro de control.
-Aparentemente en el despegue, se metieron un par de pajarracos en la turbina número uno, instrucciones para regresar…

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